Sunday, December 31, 2006

SIMILITUDES


SIMILITUDES ENTRE “LA DANZA EN EL CREPUSCULO” Y
“POR QUE NO HE DE LLORAR”, DE ANGELO VALENZUELA
Y AVELINO STANLEY

Sobieski Suvarov


Siento un gran placer escribir sobre estos dos autores dominicanos. Además, dos amigos. Dos artistas de la palabra escrita. Dos escritores jóvenes que se inscribieron definitivamente en el libro de la literatura nacional con un tema universal: El amor. Desde esta óptica, todo se les vuelve universal.

Angelo Valenzuela y Avelino Stanley, son dos nombres que empiezan con la primera letra del alfabeto como si con esto quisieran llamar la atención sobre su consagración. Hay una característica común. Son ellos dos trabajadores persistentes de la literatura local o nacional, entregados con seriedad al oficio de escribir. Esto y no otra cosa, es lo que les da no sólo autoridad, sino respeto y admiración a sus obras. Un escritor, es lo que escribe. Si escribe mediocridades, es un escritor mediocre. Si escribe sobre la grandeza del género humano, será un escritor grande.

En ambos, los temas elegidos se apoderan inmediatamente de su ser (¡y del lector!), y no los dejan más hasta que se realiza la catarsis. Una catarsis contundentemente didáctica. Es por ello que sus obras entran en la categoría de “antológicas” y de obligada lectura en los programas pedagógicos de escuelas y universidades. La prosa en ambos es limpia, decente, civilizatoria. No importa que haya una que otra “mala-palabra” en boca de sus personajes. No son ellos, en este caso, los pronunciantes de la vulgaridad, sino la dinámica en la que esos mismos personajes se están desenvolviendo. En otras palabras, es la cultura respirada por esos personajes, la culpable de la indelicadeza. Además, la vida no es químicamente pura como nos recuerda en un poema ese gran cubano llamado Nicolás Guillén.

Tanto en Angelo, como en Avelino, hay siempre una atmósfera de sensualidad, de erotismo, más notorio e insistente en Avelino. Sin embargo, en la obra a la que nos referimos (“Por qué no he de llorar”) a diferencia de otras de su autoría (“Catedral de la Líbido”, “Al Fin del Mundo me Iré”…), parece haberse calmado su “homo-eroticus”, su “homo-sexualizado”. En Angelo, autor dramático, su erotismo es picaresco mas que catártico. Tampoco son culpables por esta tendencia. Fue Segismundo Freud, el padre del psicoanálisis, quien encontró esta “inclinación”, esa “permanente pulsión sexual”, en los miles de pacientes que acudían a su consulta con neurosis y psicosis.. Esa atmósfera sexual que envuelve al hombre desde su nacimiento hasta su muerte, mal conducida por los resortes de la “educación” y la armadura de la “represión”, es lo que lleva a una conducta individual alterada, que termina en neurosis (miedo e inseguridad ante la locura y la muerte), o en psicosis (idea fija delirante de cualquier tipo, ya de grandeza, ya religiosa, ya mesiánica, ya de culpa…)

Los personajes de Angelo o de Avelino, no sufren ni de neurosis ni de psicosis. Son personajes humanos como usted o como yo. El erotismo en estos autores es, insisto, catártico. Una necesidad de vomitar todo aquello que se nos reprimió en nuestra infancia. Ese peso “moral” que deja caer la poderosa Iglesia, esa hipócrita y prostituida institución que les daña la mente a los adultos cuando son niños o niñas, con sus enseñanzas idealistas, platónicas, sin conexión objetiva o real sobre el mundo y sus fenómenos. Esa “represión sexual”, es lo que en definitiva produce curas y obispos pederastas, abusadores, corrompidos y criminales. Todo eso, indiscutiblemente genera “literatura”, como la genera la frustración social o la ideológica.

Cuco y Jovanna, son dos seres frustrados en la obra de Angelo. Tina y Pablo, los son igualmente, en la obra de Avelino. Cuco y Jovanna, salen triunfantes de la miseria a la que ha sido sometida su condición humana. Tina y Pablo, no obstante el final, también salen triunfantes de las suyas y del dolor a que la vida los somete. En ambos casos, es el amor, el verdadero amor, el que triunfa. Los protagonistas de estas obras desisten de lo social colectivo para refugiarse en lo individual meramente humano. Cuco y Jovanna, ya no creen en la sociedad ni en sus instituciones. Tina, tampoco, en la posibilidad de la felicidad. Ni Pablo, en la esperanza del comunismo.¡Pero si es que el comunismo es una utopía posterior a esa otra llamada socialismo!. Todavía no se habían quemado todas las etapas del proceso dialéctico que nos conduciría a la igualdad social y a la justicia. Los que conocimos “la otra sociedad”, la sociedad comunista, oímos siempre por doquier “que se estaba en construcción de la sociedad socialista, como paso previo hacia el comunismo”.

Cabe replantear los postulados partiendo de la frustración y desesperanza de Pablo. Se puede aún remedar al viejo Marx., cuando planteaba que no había agregado nada a la dialéctica de Hegel, sino que simplemente había invertido algo que estaba con la cabeza para abajo y los pies para arriba. Ese fue el mérito de Marx, poner las cosas como realmente iban. Entonces, por qué aquel apresuramiento antidialéctico de querer llegar al comunismo antes de alcanzar el socialismo. He aquí pues, la validez permanente de querer desarrollar un “modelo socialista de sociedad”, donde el egoísmo del ser humano quede acorralado definitivamente y sustituido por el amor. Por ese amor lleno de sacrificio, de paciencia, amor auténtico y finalmente triunfante, de los personajes de Angelo y Avelino, que emergen a la postre como ave fénix de las cenizas de la vida, de los escombros del dolor y del sufrimiento humano.

Un escritor, para ser verdaderamente escritor, debe estar comprometido con la humanidad. Su compromiso no debe ser con una causa particular, ni con un grupo, ni con un partido, ni con un segmento de la sociedad. Ni siquiera con una “filosofía”, ni mucho menos con una religión. Los prejuicios sociales, las malquerencias, los “complejos”, las bajezas humanas, los chismes, los comentarios de “barrio”, las basuras de telenovelas que se alojan en las circunvoluciones del cerebro de hombres y mujeres de esta época post-modernista, son destruidas por escritores como Angelo Valenzuela y Avelino Stanley, en obras como “La Danza en el Crepúsculo” y “por qué no he de llorar”.

Es el amor robusto el que se impone. El amor que no pregunta cuántos hijos tiene el otro, ni se martiriza con los besos o contactos corporales ajenos. Un amor que no piensa en los orgasmos de los demás sino en los propios. Que se preocupa en dar todo “al otro” a cambio de nada, porque cuando uno se da en amor, ya la acción lleva en sí su propio pago. Es el amor que define un libro “sagrado” y cuyos creyentes no son capaces de asumirlo, o lo hacen hipócritamente, porque les da miedo tal asunción “Ah!, eso es un amor perfecto y nadie puede amar así”, dicen.

Hoy día nadie quiere arriesgarse. Angelo y Avelino, nos recuerdan muy lejos de los odiosos dogmas religiosos o ideológicos que es posible arriesgarse. Eso es verdadera literatura. La que se escribe para cambiar positivamente la humanidad y no como un frío ejercicio intelectual.

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